viernes, 23 de junio de 2017

Las vueltas de la vida. CAPÍTULO IV


La madre de Mateo se encariñó conmigo así que comenzó a ser norma que pasara las vacaciones con ellos.
La pobre mujer siempre tenía alguna excusa para mis abuelos, de mamá casi no hablábamos.
Los años fueron pasando, cuando por fin cumplí los 14 me trasladaron al pabellón de los mayores, pero entonces Mateo ya no estaba, había cumplido la mayoría de edad y con ella comenzaba sus estudios en la universidad.
Siempre me hablaba de ser ingeniero aeronáutico.

Así que me quedé sola y sin protección, ante la malvada Mariló, pero había aprendido a defenderme, veía a Mateo en vacaciones, cuando ambos coincidamos en casa de su madre.

Mis abuelos fallecieron y mamá quedó inhabilitada para mi custodia, por lo que Mateo se ofreció para ser mi tutor legal hasta que cumpliera los dieciocho.

Seguía siendo el centro de las bromas de mal gusto de Mariló aunque ya no compartíamos habitación, lo que me aliviaba enormemente, coincidamos en algunas clases, no en todas, yo iba por letras y ella por ciencias y por supuesto en el comedor, seguíamos ocupando el mismo sitio de cuando éramos niñas, comíamos cada día frente a frente.

Dejé de responder cuando me llamaban "Zanahoria" y ya no recogía mi pelo en dos coletas, ahora llevaba los rizos sueltos para esconder mis orejas y así evitar insultos y vejaciones.

A Mariló, se la llevaron una mañana del colegio, apenas habíamos cumplido los diecisiete, vino un coche oficial a recogerla, un chófer guardó sus maletas en el maletero y la ayudó a subir al coche.
Más tarde supimos que su madre había vuelto a casarse, esta vez con un pez gordo del ejército y habían decidido trasladarla de internado.
Nunca más volví a saber de ella.
Hasta que me buscó para ser su abogada. 
Después de treinta años, necesitaba de mi ayuda.

Para mi supuso un gran alivio el saber que ya no tendría que verla nunca más, pero para entonces sus insultos y comidillas habían hecho el suficiente daño en mi persona.

Conseguí una beca para estudiar en la Complutense, mis horas de estudio no fueron en balde, obtuve la mejor nota de selectividad, podía elegir estudiar lo que quisiera, pero yo quería ser abogada y tener algún día mi propio despacho.
Los primeros pasos para conseguirlo ya los había dado.

El día que supe que iba a estudiar en la universidad, fui a ver a mamá, no había vuelto a verla desde el día que nos separaron.
Me encontré a una mujer triste, hundida y envejecida, le prometí que la sacaría de allí y que volveríamos a estar juntas.
Ni siquiera supo que estuve allí, mamá seguía muerta en vida.

Los años de universidad me fueron separando de Mateo y de su madre, ya no era su responsabilidad, ya era mayor de edad, ya no pasaba las vacaciones con ellos, aprovechaba para trabajar en cualquier lugar y sacar un dinero, aunque mis estudios estaban cubiertos por la beca, quería comenzar a ahorrar para mi futuro despacho, operar mis orejas y sacar a mamá de aquel hospital que tanto mal le hacía.

Con Mateo mantenía correspondencia de cortesía , felicitaciones en Navidad y cumpleaños.
Coincidimos de nuevo en el funeral de su madre, para entonces él ya era un reputado ingeniero y yo ya empezaba a ser una gran abogada. 
Había abierto mi propio bufete y había trasladado a mamá a un lugar mejor.

Aquel día nos pusimos al día en un almuerzo bastante incómodo y algo tenso.
Mateo me pidió comenzar una relación y por que no quizás casarnos y formar nuestra propia familia.
A lo que respondí con un no rotundo, no entraba en mis planes por el momento un hombre en mi vida y mucho menos una familia, tenía otras prioridades, mi carrera y mi madre, lo demás eran opciones.
Nunca más supe de Mateo."

Regresé a la habitación de Mariló, después de comprobar que sí coche seguía aparcar en el parking del hospital.
Continuamos nuestra conversación donde lo habíamos dejado.
Seguíamos sin grabadora y sin tomar notas.
Mariló continuó contándome que había sido de su vida en estos años.

"Después de irme del colegio de huérfanos, mi madre y mi padrastro me enviaron a estudiar a Estados Unidos, allí cursé Diseño de Moda, al final los vestidos y diademas cursis que mi madre me enviaba despertaron mi curiosidad por aquel mundo.
Saqué mi primera colección con gran éxito, que me llevó a seguir trabajando y hacerme una diseñadora de renombre, seguro que conoces mi línea y que alguna vez has vestido alguna prenda mía sin saberlo.

Me afinqué en aquel país sin dejar de venir a España de vez en cuando, fue en una de esas visitas donde coincidí con quién ayer me dio esta tremenda familia.
Alguien a quién tu conoces, él es Mateo.
Nos encontramos una tarde por Madrid, él acababa de enterrar a su madre y tú le habías rechazado.
Me habló de ti durante horas, de tus éxitos como abogada y de como habías conseguido todos o casi todos tus objetivos.
Aquella noche decidimos darnos una oportunidad a pesar de los kms de distancia.
Así estuvimos algún tiempo, hasta que me propuso matrimonio.
Acepté su proposición no sé realmente sí era porque lo quería o porque en el fondo quería seguir haciéndote daño.
Nos casamos y trasladé casi todo mi trabajo aquí, al principio todo fue bien, pero cuando decidimos tener hijos y firmar una familia, comenzaron los problemas, después de varias pruebas y revisiones médicas, mis comunicaron que Mateo era estéril, a partir de ahí todo se complicó.
Mateo se volvió arisco y comenzó a beber, en ocasiones me levantaba la voz, pero no pasaba de unas vives aisladas, pagaba su frustración como hombre conmigo, hasta que una noche Mateo llegó bebido después de una cena con amigos, esa noche comenzó mi infierno, me dio mi primera paliza.
A la mañana siguiente, me pidió perdón y yo le perdoné, ese fue mi error.
Pronto se convirtieron en costumbre sus palizas, insultos y vejaciones.
Nunca le denuncié y siempre le perdoné.
Tal vez le quería más de lo que pensaba."

Mariló rompió a llorar y volvió a pedirme agua.
La abracé para hacerle saber cuanto sentía por lo había pasado y que a pesar de ser Mateo quién era su agresor, yo estaba vez no estaba de su lado, él era el malo y Mariló por primera vez estaba en el lado de los buenos.

Mariló, bebió agua, se incorporó y me pidió que sacara la grabadora y pidiera al policía que custodiaba su puerta que entrara en la habitación.

Mariló comenzó su declaración.

"Puedes encender la grabadora Marta.
Ayer llegó bebido como otras veces, me provocó para discutir conmigo, siempre lo había, así me pegaba sin sentir culpa, alegaba que yo le provocaba su ira.
Me dio tal paliza que hubo un momento en que casi perdí el conocimiento, conseguí llegar hasta la cocina arrastrándome por el suelo y poder resguardarme de sus golpes.
Aun estando tirada en el suelo continuó dándome patadas, hasta que en una de ellas, pude cogerle una pierna y tirarlo al suelo.
Mateo cayó dando con la cabeza en el suelo, quedando sin conocimiento.
Fue en ese momento cuando conseguí levantarme coger un cuchillo, y clavárselo varias veces hasta que comprobé que no respiraba.
"Puede ponerme las esposas sí quiere, soy una asesina."
Me recuperé de mis golpes, envolví el cuerpo de Mateo en varios sacos de basura y lo metí en el maletero del coche.
El corte de la garganta me lo hice yo misma.
Conduje hasta aquí, sabía que sería fácil que habilitarán un protocolo dada mi situación y que pondrían orden de busca y captura hacia mi agresor.
Mis remordimientos no me dejaban tranquila y quise confesar, pero quería tener a la mejor abogada de mi lado.
No necesitaba que me defendieras de Mateo, Marta, necesito que me defiendas de mi misma."

FIN 💚


jueves, 22 de junio de 2017

Las vueltas de la vida. CAPÍTULO III

Estaba tan ensimismada en mis recuerdos que no me di cuenta que Mariló estaba despertando.
Me acerqué a ella y le tomé la mano.

_Hola bonita, soy Marta he venido a ayudarte, siento tener que reencontrarme contigo en esta situación, ojalá lo hubiéramos hecho bailando._

Le sonreí, mientras ella intentaba decirme algo.

_Hola zanahoria, gracias por acudir a mi llamada, sólo tu puedes ayudarme.
Por cierto, te has abrochado las orejas._

Treinta años después volví a sentirme débil y vulnerable.
Aún postrada en una cama y pidiendo ayuda, era cruel.

Corregí mis orejas de soplillo con mi primer sueldo.
Tenía claro desde el
primer día de trabajo que sería lo primero que haría.
Era lo que necesitaba para sentirme completamente segura.
Lo demás, la vida se había encargado de compensar todo lo que me había quitado siendo una niña.
Intenté hacer caso omiso a las palabras de Mariló, y comencé a comportarme como abogada, no como una niña desprotegida.

Saqué mi grabadora del bolso y me preparé para escucharla.

_Mariló necesito que me cuentes todo lo ocurrido, sin ocultar nada, sólo así podré ayudarte.
Puedes estar tranquila, tu habitación está vigilada las 24 horas del día y se ha emitido una orden de detención para tu agresor._

Mariló me cogió de la mano e intentó incorporarse.

_Perdóname Marta, no quise ser impertinente.
Antes de comenzar a grabar, me gustaría contarte algo, sí puede ser._

Sonreí, indicando así a Mariló que estaba perdonada y guardé la grabadora en mi bolso.

_Gracias Marta, antes de nada me gustaría pedirte disculpas por ser tan cruel en aquellos años de colegio, por entonces yo sólo lo hacía como un juego, sin ser consciente del daño que podía estar haciéndote.
Era mi mecanismo de defensa y de soltar mi rabia y mi ira contra el mundo, no fui nunca una niña feliz, con la muerte de mi padre me sentí tan desprotegida, que comencé a protegerme sola ante el mundo.
Mi madre al igual que la tuya también estaba ausente, no por pena, no por tristeza, estaba demasiado ocupada en contarle al mundo que estaba de nuevo libre y que el único impedimento que tenía estaba interna en un colegio.

Los años, lejos de hacerme mejor persona, me fueron endureciendo y haciéndome cada vez más insensible, más dura.
Me volví fría y calculadora y quería cobrarle a la vida todo lo que me debía._"

Mariló me pidió un poco de agua, se le secaba la boca mientras hablaba y se sentía débil, le pedí que descansara.

_volveré más tarde, ahora descansa, seguiremos con la conversación en privado, cuando estés preparada para contarme lo sucedido, te escucharé y te ayudaré puedes estar segura._

Estaba a punto de cerrar la puerta tras de mi, cuando Mariló me pidió algo.

_¿podrías asegurarte de que mi coche está en el parking del hospital? Vine yo misma conduciendo.
Es un descapotable negro._

Asentí y cerré aquella puerta.
Bajé a la cafetería por las escaleras, necesitaba andar y mover mis piernas y no me apetecía encontrarme con nadie en el ascensor y mantener una de edad conversaciones ridículas.
Pedí un cortado y un donuts, mi cabeza regresó al internado.

"Llegaron las vacaciones de Semana Santa y Mateo había pedido a su madre que me invitara a pasar esos días con ellos, no hubo inconvenientes, mis abuelos habían dado el consentimiento, a mi madre ni siquiera se lo consultaron.
La mañana en que hice mi maleta para disfrutar de unos días lejos de allí, Mariló me la deshizo y esparció toda mi ropa por el pasillo del colegio, mientras yo desayunaba.
No lloré cuando vi lo que había hecho, no me enfadé, recogí mis cosas, cerré la maleta y cuando me iba le dije, 

_yo al menos tengo a donde ir_, 

con aquellas palabras ya le había hecho el suficiente daño como para que se diera cuenta, que ya le estaba perdiendo el miedo.

CONTINUARÁ...


miércoles, 21 de junio de 2017

Las vueltas de la vida, CAPÍTULO II

A mi cabeza volvieron recuerdos de aquellos años en el internado.

"Pasé mis primeros días entre lágrimas e intentando no saltarme ninguna de las normas, ni las del colegio y mucho menos las de Mariló.
Pronto me puso un mote, comenzó a llamarme "zanahoria", debido a mi cabello pelirrojo y rizado hasta la cintura, siempre lo llevada recogido en dos coletas o bien en una trenza.
En pocas semanas, casi nadie, por no decir nadie me llamaba por mi nombre y lo peor de todo, me acostumbré a responder cuando me llamaban "zanahoria".

Siempre fui algo tímida y muy vulnerable, la muerte de mi padre me hizo frágil.

Mariló por el contrario lucia media melena rubia lisa que siempre adornaba con diademas y lazos a juego con sus vestidos.
Su madre se encargaba de hacerle llegar cada poco tiempo nuevos modelos para lucir.
Ella al contrario que yo, se había crecido después de la muerte de su padre, aquel acontecimiento la hizo fuerte, yo diría que incluso cruel.
No se conformaba con llamarme "zanahoria", así que comenzó a ridiculizarme delante de mis compañeros debido a mis orejas de soplillo, que se volvían centro de atención cada día en clase.

_Marta cariño, abróchate las orejas, no me dejan ver lo que escribe el profesor en el encerado._

Solía decirme día tras día.
En los días de viento le echaba las culpas a mis orejas, diciendo que estaban en movimiento.

Aquel colegio comenzaba a convertirse en un auténtico castigo.
Así que me refugié en mis estudios, quería ser abogada para defender a los buenos de los malos.

Me busqué un lugar donde refugiarme o debería decir donde esconderme.
Detrás del pabellón de los mayores encontré un pequeño jardín que utilizaba para estudiar, más de una noche me quedé allí dormida.
Una mañana Mateo, "mi hermano mayor" me encontró acurrucada en el único banco que había en aquel jardín.

_Marta, ¿qué haces aquí pequeña?_

Me levanté sobresaltada y me abracé a él llorando sin consuelo.
Le conté todo lo que me estaba ocurriendo y como me hacia sentir mi compañera de habitación.

Me abrazó tan fuerte que por un momento pensé que era mi padre quién me daba aquel abrazo.
Me cogió en brazos y me llevó hasta mi cuarto.

_Duchate, cámbiate de ropa y baja a desayunar, después del desayuno te acompañaré a ver al director, vamos a contarle todo lo que está ocurriendo._

Le conté al director todo lo que estaba viviendo, los insultos, el acoso y las reglas a seguir dentro de la habitación.
Lejos de ayudarme se limitó a murmurar que eran cosas de niñas.
Semanas más tarde descubrí que Mariló era su sobrina.

Seguí con mi particular infierno esperando alguna llamada para preguntar que tal estaba.
De mis abuelos no había vuelto a saber nada desde el día que me dejaron en el colegio.
De mamá de vez en cuando recibía una corta carta, que ni siquiera escribía ella.
En todas decía lo mismo, "te quiero pequeña, algún día volveremos a estar juntas."

Alguien se fue de la lengua y le contó a Mariló que había visitado al director, aquella visita empeoró mi situación ante ella, aquel día después de terminar las clases de la tarde no me dejo entrar en la habitación, había trancado la puerta con una silla.
Me senté en el pasillo esperando a que aquella broma de mal gusto pasara pronto, me dejó allí sentada hasta la mañana siguiente.
Mañana en la que ya sabía toda la clase que había sido una chivata y una niña cobarde por contarle todo a Mateo y al director.

Desde que le conté a Mateo todo lo que me estaba ocurriendo, pasaba a verme cada día, siempre con alguna palabra amable y con abrazos y besos para consolarme.

Unos días antes de las vacaciones de Semana Santa, Mateo me preguntó que sí me iría a casa, le respondí que nadie había vuelto a preocuparse por mi desde enero.

_Lo solucionaremos, no te preocupes._"

CONTINUARA...

martes, 20 de junio de 2017

"Las vueltas de la vida" CAPÍTULO I

_ Hola Marta, sé que es la tarde de visita a tu madre, pero debia notificarte, que sobre tu mesa, he dejado un expediente nuevo.
Ha entrado a primera hora de la tarde, violencia de género con intento de asesinato.
La víctima está hospitalizada, ha pedido que seas tu quién lleve su defensa.
Sí quieres puedo acercártelo a casa cuando salga de trabajar, sabes que me coge de camino. _

_Gracias Natalia, no es necesario, yo misma pasaré a recogerlo, para echarle un vistazo esta noche, nos vemos mañana, ¿qué haría yo sin ti?_

Colgué el teléfono y me despedí de mamá hasta la semana próxima.
El exceso de responsabilidad en mi trabajo y la curiosidad de saber quién había buscado mi defensa me pudo más que él seguir sentada frente a mi madre viendo como el paso de los años y la pena la iban consumiendo cada día más deprisa.

Aparqué el coche en doble fila con las luces de emergencia puestas, justo delante de la puerta del bufete, subí las escaleras de dos en dos, como cuando era una niña y recogí el expediente para leerlo en casa y estar al día de todo para la visita a mi cliente a la mañana siguiente.

Llegué a casa, me di una ducha para refrescarme y quitarme el olor que siempre que visitaba a mamá en aquella residencia, creía traer impregnado en mi ropa y en mi piel.
Me preparé un té helado y me dispuse a leer la documentación de mi nuevo caso.

Me encontré con multitud de fotografías de una mujer aproximadamente de mi edad, con la cara desfigurada por los golpes y con un corte no muy profundo en su garganta, lo que me indicaba que su agresor había intentado degollarla sin éxito.
El nombre de la víctima me resultó familiar, pero no sabía de que, por lo que seguí leyendo toda la documentación.

No era la primera vez que la víctima sufría agresiones, pero nunca había interpuesto denuncia.
Esta vez fue el hospital quién habilitó todo el protocolo para llevar a cabo la denuncia.
Del agresor no había ni rastro, la policía había interpuesto una orden de busca y captura.

Me desperté sobresaltada en el sofá, antes de que amaneciera, entre fotografías y papeles y recordando un nombre "Mariló".

Era ella mi víctima, la que había pedido que la defendiera era Mariló, María Dolores Vilanova Fernández.
Recordé aquel nombre repasando la lista que cada mañana a primera hora pasaban en el colegio.

Me duché, me vestí y me dirigí al hospital para visitar a mi defendida.
Mientras intentaba que los recuerdos de aquellos años de colegio no me bloquearan. Olvidar aquellos años me habían costado años de terapia y mucho dinero.

"Me crié en un colegio de huérfanos de la Guardia Civil, llegué a él con nueve años, después de perder a mi padre en manos de ETA en uno de sus terribles atentados.
Mi madre cayó en una profunda depresión y pena, que no le permitían seguir haciéndose cargo de mi, por lo que mis abuelos paternos me internaban en aquel colegio, al mismo tiempo que ingresaban a mamá en una clínica psiquiátrica.

Llegaba con miedo, desconfianza y sin entender nada.
No entendía porque a mi padre lo habían matado los malos, no entendía porque mamá ya no me quería, no entendía porque tenía que ir a un lugar que no conocía y que sin conocerlo sabía que no me iba a gustar.

Mi llegada al colegio fue una mañana fría y lluviosa de enero, después de las Navidades más tristes que recuerdo, no hubo celebraciones, no hubo risas ni villancicos y los Reyes Magos se olvidaron de pasar por casa.
Llegué con los ojos hinchados de llorar al despedirme de mamá, acompañada de mis abuelos.
El director de aquel colegio nos recibió en su sobrio despacho, me dio la bienvenida y una hoja de papel escrita a máquina con las estrictas normas a seguir.
Un joven llamó a la puerta del despecho, entró me tendió su mano, cogió mi pequeña maleta y me acompañó a la que desde entonces sería mi nueva habitación.

_Ahora están en clase Marta, pero a la hora de la comida podrás conocer a tus nuevos compañeros, te presentaré a Mariló tu compañera de litera, estoy seguro que seréis buenas amigas._

Me dejó en un cuarto amueblado en colores grises, con una litera, dos mesas de estudio y dos pequeños armarios.
Coloqué mi ropa en el que estaba vacío y puse mi cartera con todos mis libros y cuadernos sobre la silla de uno de los escritorios.
Me senté en la cama de abajo de la litera y rompí a llorar, no lo había hecho desde que mi padre fue asesinado, no me habían salido las lágrimas, ni obligándome a hacerlo conseguí llorar el día de su funeral.
Aquel día sólo sentía rencor y dolor mucho dolor.

Mientras lloraba sin poder ni querer contener aquel llanto, me prometí a mi misma y le prometí a mi padre que sería fuerte.
Mi llanto y mis promesas se vieron interrumpidos por una voz chillona entrando en el cuarto.

_Hola soy Mariló, tu compañera de cuarto, has llegado la última así que tendrás que acatar mis normas.
Primero de todo, estas sentada sobre mi cama, tu duermes arriba.
Segundo, has dejado tu cartera en mi silla de estudio, tu mesa es la otra, la que está mirando a la pared, por cierto tendrás que poner un flexo para estudiar, no hay buena luz en ese lado de la habitación.
Y tercero y último, bienvenida, ¿por cierto como te llamas?_

Me limité a responder:

_Marta_

Sin mirarle y sin decir nada más, me levanté como un muelle de aquella cama, retiré mi cartera de su escritorio y marqué mi pequeño territorio con mis lápices y cuadernos desplegados sobre la mesa.

Bajé sola al comedor siguiendo los carteles que indicaban la dirección, cogí mi bandeja y me puse en la fila para que me sirvieran el almuerzo.
Me senté en la esquina de una mesa, cerca de la puerta del comedor.
Iba a comenzar a degustar mi primera comida en aquel lugar, cuando aquella voz chillona volvió a retumbar en mis oídos.

_Marta, estas sentada en mi sitio, por hoy te dejo, pero a partir de mañana, deberás ocupar la silla que hay frente a mi, hoy seré yo quién se siente en ella._

Después de comer, comenzaban las clases de la tarde, el joven que me acompañó por la mañana hasta mi habitación, me esperaba para acompañarme hasta mi aula, me dejó junto a la puerta.

_Esta es tu clase Marta, bienvenida. Cualquier cosa que necesites, sólo tienes que decírmelo, seré una especie de hermano mayor. Sólo tienes que comunicárselo al director, él me lo hará saber. 
Yo estoy en el pabellón de los mayores._

Entré en aquel aula fría también de color gris como mi cuarto.
Esperé de pie a que todos se sentarán, no quería ocupar el asiento de ninguno de mis nuevos compañeros, ni buscarme más problemas, por aquel día había tenido suficiente con Mariló.
Cuando ya estaban todos sentados, ocupé una mesa en la segunda fila, justo delante de Mariló.
El profesor me presentó a mis compañeros y me dio la bienvenida.
Todos teníamos historias diferentes, pero todos teníamos algo en común, ninguno teníamos padre.
Algunos no tenían ni siquiera madre, yo la tenía, pero no estaba, ella también se fue a su manera el día que mataron a mi padre."

Con esos pensamientos llegué hasta el hospital.
Me identifiqué como la abogada de Maria Dolores ante el
policía que custodiaba su habitación.
Al entrar me encontré a una Mariló con la cara casi deformada por los golpes, ya no era aquella niña prepotente y cursi e incluso a veces desagradable, era una muñeca de porcelana rota.

Me acerqué hasta su cama para hacerle saber que estaba allí, pero los efectos de los calmantes y sedantes la tenían aún dormida.
No la desperté, me senté junto a ella a esperar que despertara.

CONTINUARA...






miércoles, 14 de junio de 2017

La corona que perdió una princesa.

Nací siendo un error, en casa esperaban un varón, después de seis hembras.
Esperaban a quién debía ser el futuro rey, pero llegué yo, para la desdicha de palacio y del pueblo, que de un modo u otro también se sentía defraudado.

En mis primeros años de infancia, recibí la misma educación que mis hermanas mayores, pero nunca me interesó demasiado el tema de vestidos y buenas maneras, siempre fui una pequeña fiera a la que no conseguían domar.

No era extraño verme en las caballerizas junto a los empleados cepillando caballos y limpiando las cuadras, siempre vestida como uno de ellos, con botas de montar, pantalones y unos tirantes para sujetarlos que en algún momento había robado a mi padre.

Me gustaba salir a cazar con los hombres a caballo y montando al animal como uno más, nunca tuve interés en aprender a montar como una señorita, a mi me gustaba galopar montada a horcajadas.

Me gustaba acompañar a papá en todo lo que hacia, yo no quería ser una princesa como mis hermanas, ni reina como mamá, yo quería ser rey como papá.

Así fui cumpliendo años hasta llegar a mi mayoría de edad y mi presentación en sociedad.
Aquella noche debería llevar un vestido propio para la ocasión, guantes hasta el codo y un recogido en mi largo cabello adornado con una corona.
Meses de preparación para algo que yo no estaba preparada.

Así que preparé mi propio plan.
No con idea de dejar en ridículo a toda mi familia, pero sí dejar claro que lugar quería tener en ella.

Me corté mi larga trenza esa que durante años me había acompañado, limpié mis botas de montar, escupiendo en ellas y cepillándolas a conciencia, como me habían enseñado los chicos en las cuadras.

Planché aquel pantalón que tanto me gustaba y mi camisa favorita, esa que necesitaba remangar porque la había heredado del capataz.
Estuve escondida toda la tarde para que nadie pudiera encontrarme y obligarme a vestirme para aquella pantomima.

Llegada la hora, me vestí a mi modo, me coloqué mis tirantes y bajé aquellas escaleras para mi presentación.
Ante caras de asombro, susurros en voz baja y algún que otro grito de expectación, mi padre anunció mi mayoría de edad.
Me tomó de la mano para abrir aquel baile, me sonrió, besó mi mejilla y me confesó que siempre había sido su favorita.

Aquella noche mi corona, perdió a una princesa, pero la princesa había encontrado su lugar.

"A veces las coronas, pierden princesas, porque no todas las princesas quieren ser princesas ni llevar coronas."


lunes, 12 de junio de 2017

Te esperé

Te esperé como siempre lo hice, sentada en el último escalón hasta tu corazón.

Te esperé, mientras veía como abrías y cerrabas tú puerta, viendo entrar y salir sentimientos, viendo como entrabas, como salías, como la cerrabas tras de ti y nunca tras de mi.

Te esperé entre tus ahora sí y tus ahora no.

Te esperé mientras disimulabas para no verme.

Te esperé hasta que alguien vino a buscarme, con un ahora tú y nadie más.


jueves, 8 de junio de 2017

Llega una a esa edad.

Llega una a esa edad en que decide ponerse el mundo por montera, o sencillamente llegas a esa edad en que todo o casi todo te importa un pimiento.

Estoy en esa edad en la que me cansé de las excusas, de ir a lugares donde no me apetece, de estar con quién no quiero estar, me cansé de los quiero y no puedo y de los puedo pero no quiero.

Estoy en esa edad, en la que ya no me callo los te quiero,  ni tampoco los te echo de menos, los digo y espero a ver que pasa, por que estoy en esa edad, que ya no me dejo llevar por la cordura del cerebro, me dejo llevar por la cordura del corazón y ¿sabéis por qué? Porqué al final el corazón siempre es el que mejores consejos te da, te libra de lo malo y te empuja a lo bueno y a lo mejor.

Estoy en esa edad en la que realmente comienzo a disfrutar, en la que sí me caigo me levanto, que sí me quieres ayudar acepto tu mano, pero sí me pones la zancadilla salto.

Estoy en esa edad en la que sí quieres ser compañero de viaje te acepto, pero sí te bajas del tren no te rogaré que vuelvas a subir, no elijo compañeros que se unan a mi viaje, elijo viajes para que se unan compañeros, aunque a veces viajar sola no es tan malo.

Estoy en esa edad que a veces no me soporto, pero tampoco pido que me soporten.

Estoy en esa edad de rebeldía que la madurez me está regalando.